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JORNADAS DE MICROFICCIÓN

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El 3 de Mayo de 2010 se realizó en Buenos Aires, dentro del programa de actividades de la 36º Feria Internacional del Libro, una nueva Jornada de Microficción.
Repitiendo la convocatoria del pasado año, el escritor y antólogo Raúl Brasca fabuló un encuentro donde la diversidad de voces y los imaginarios del camino sostuvieron la lectura y el diálogo de profesionales de la escritura, estudiantes y público en general.

Disfrutamos la palabra del escritor David Lagmanovich, en una cálida entrevista realizada por la doctora Laura Pollastri y el coordinador general Raúl Brasca.

De Rosario, las investigadoras Graciela Tomassini y Stella Maris Colombo; de Tucumán los escritores Ana María Mopty, Julio Estefan; de Santiago del Estero, Antonio Cruz;de Buenos Aires, Silvia Iparraguirre, Gloria Pampillo, Pablo De Santis, Miroslav Scheuba, Laura Nicastro, Sandra Bianchi, Martín Gardella; de Entre Ríos, Orlando van Bredam; de Mendoza, Leandro Hidalgo; de San Juan, Rogelio Ramos Signes; de México en viaje, el escritor Jaime Muñoz Vargas, son algunos nombres de artesanos de la palabra, quienes participaron en el hecho cultural que promueve la ficción breve y sus matices.


Agradecemos la invitación y dejamos registro de una tarde especial en la sala Julio Cortázar y una cena de amigos.

Hasta la próxima vez.

Desde la Ciudad de la Rosa y del Río.
María Alejandra Atadía






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LOS CIELOS DE AMAYA

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Emprendimos el viaje:

Sobre la madera recién pintada, el laberinto cálido de una mesa compartida, la sutil taza de café y el asombro de ser más que un corazón que late.

La ciudad de San Nicolás de los Arroyos nos ha entregado voces que pulsan el compás de una milonguita callejera y que acorta los caminos cuando se trata de regar un cielo de pájaros o beber el viaje migratorio de los que siempre van llegando.
Sereno abrazo de río cuenta Adela, que se va quedando oculto frente a la avanzada de los tecnocidas.

La obra de arte entregada por María Rosa Amaya al impulso vital de la escritura: una serie de telas-bocas de tiempo enhebradas en todos los colores del pincel, promovieron textos tan diversos como anhelantes y misteriosos entre los escritores asistentes.

Karina Madariaga, Silvia Mathieu , Laura Lugones, Lucrecia Maldonado, Adela Franco, Kelly Gavinoser, María Florencia Ordoñez, Ileana Gavinoser, Pablo Künner, Astul Urquiaga, Sergio Francisci, César Bustos, Lucas Andrín, Dámaso Olaso, Osvaldo Baccaro, Sebastián Olaso, Osvaldo Baccaro, Laura Obligado, Sebastián Mancuso, Mariana Marziali, María Alejandra Atadía; nombres del recuerdo en este otoño.

Nombres de otros nombres que la tierra irá salvando.

Y la noche fue sin tiempo. Debíamos regresar. A los cuentos esta vez:

María Rosa ya ha descolgado la tela para ver qué hay detrás. Sólo un clavo. Sólo una pared.
Pero el clavo cae y María Rosa ve más que otro cielo
Hay otras aguas que lavan. Nos ha escuchado.
La voz que se lleva el río.


Desde la Ciudad de la Rosa y del Río, 18 de Abril de 2010
María Alejandra Atadía






PALABRASCRUZADAS
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Lugar de los Arroyos
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Otras Miradas
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Hacedores de Palabras
Estamos invitados
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AL ACTO DE HABLAR
Contacto: mesadelectura@googlegroups.com


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BOCAS DE TIEMPO 1


Se invoca a los Hacedores de Palabras del universo y alrededores
para construir la próxima
PUBLICACIÓN ORAL | ABRIL 2010
DE LA
MESA DE LECTURA
INTITULADA
BOCAS DE TIEMPO




PRIMERA ETAPA
Producir / vincular minificciones
de palabras, de sonidos, de imágenes
desde / hacia el texto de referencia
que se encuentra en el siguiente enlace



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Estamos invitados
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Contacto: mesadelectura@googlegroups.com




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Los Hacedores de Palabras
y La Biblioteca Fabularia
toman asiento alrededor de una
MESA DE LECTURA

***

Rosario, Ciudad de la Rosa y el Río
"Cuando una mesa es el lugar de la escritura"

Coordina: María Alejandra Atadía






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Casimiro, el incomprendido

Fue un superhéroe de barrio. Casimiro Fortuna tendría unos quince años cuando sobrevivió, milagrosamente y con el único saldo de dos o tres pelos chamuscados, al choque de su anatomía contra unos cables de alta tensión.
A partir de ahí lo llamaron El Eléctrico, o El Pavote Que Había Dejado Sin Luz A Media Ciudad al tirarse de un puente de Caballito, convencido de que podía volar. Le quedó de esa experiencia cierta electricidad en el cuerpo, no mucha, pero suficiente para encender todos los faroles de la cuadra con sólo tocar uno de ellos con el índice, o de darle iluminación a una manzana entera por diez minutos seguidos.
Tuvo buen corazón, pero mala suerte.
Una vez a doña Eulogia, la almacenera, se le ocurrió adornar el local con luces de colores y Casimiro se ofreció como voluntario:
-Deje que yo me ocupo, mire, toco una lamparita y se encienden todas, si quiere hasta le hago intermitencia, para qué va a gastar con lo dura que está la mano.
Pero claro, quién iba a decir que, en la misma tarde del estreno, transitaría la vereda Martita, amor imposible del Hombre Luminaria, y éste, embobado, se prendería a los cables con tanta fuerza que no quedaría foquito sin explotar.
Fue sacado del almacén a escobazo limpio.
Y también fue sacado, no se sabe si a escobazos o a botellazos, del bar del viejo Evaristo cuando, de puro comedido, quiso ahorrarle el despilfarro de la máquina de café y terminó no sólo arruinando la máquina y el café, sino provocando una humareda tal, que se movilizó todo el cuartel de bomberos para apagar el supuesto incendio.
Aunque tuvo también sus aciertos: Ofrecerse como árbol de navidad en las casas de las familias más pobres. En esas ocasiones solía vérselo vestido de verde, emperifollado con cintas y luces, muerto de calor, pero con una sonrisa que brillaba casi tanto como la estrella que llevaba en el gañote.
Además tuvo aportes cotidianos, acaso menos memorables, como ayudar con las bolsas de las compras, jugar al huevo podrido con los chicos, o sacar de paseo a los perros del vecindario.
Una sola vez se lo vio llorar: en el casamiento de Martita. Le salieron tantos chispazos de los ojos que hubo que evacuar la iglesia. Ella nunca le perdonó que le echara a perder el día de su boda.
Casimiro fue un postergado. Ídolo de mate mañanero y melancolía nocturna que supo, mediante malabares incongruentes, ganarse un lugar en el recuerdo de los que, por aquel entonces, apurábamos la infancia.






MELINA CAVALLIERI




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Espejo

Se ha caído la luna pensé la luna tiene la habilidad insana de atrapar corrientes y remansos allí la veo confundida entre espineles y redes entre bogas y jacintos meciéndose con la brisa sin ir a ningún lado. Se ha caído la luna pensé y tal vez ni lo sepa está acostumbrada a mezclarse con botes cuando se arrullan mansos en la quietud de la horas y a diluirse sin pena cuando el día la empuja. Se ha caído la luna pensé en el charco de agua marrón que fluye se hunde y reflota en sus hilos turbios y respira aroma de arenas y tierras mientras el hechizo dura mientras todos duermen. Se ha caído la luna pensé otra vez o tal vez sea que se ha tirado para inventarme una magia la magia de espejos que en un rato corto se irá con las aguas que el día se traiga…





SILVINA VITAL




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PREGUNTA DE AGUA 1


Se levantaba a la hora en que caen exhaustos los bichos de luz después de haber agotado órbitas posibles alrededor del foco. Minuciosamente se desnudaba en el contraluz rosado para desplegar la quilla y la caudal, entumecidas de sueño. Sobre el banco de arena destejía la roja trenza, mientras calculaba la posición relativa de los remansos (cuídate del agua quieta). Aspiraba la última bocanada de aire húmedo de la aurora, y ya en el tibio seno fluvial reanudaba la escritura. Le costaba, al principio, recapitular lo ya narrado, pero la velocidad de la corriente le dictaba el ritmo de las frases, y el color cambiante del agua le inspiraba el tono justo. Nunca hacía coincidir el final de un capítulo con el cierre de un episodio. Como el sultán de las Noches Árabes, el río tiene sed de historias.

Recuerdo entonces una historia que nadie sabe escrita en un idioma que no recuerdo.
-¿Me contás esa historia?



Frente al espejo de plata se deshizo la trenza. La humedad de la noche encrespó la roja cabellera, y una a una cayeron sobre su falda los pequeños jazmines de lluvia que había entretejido en ella para aromarla.

Con cada caricia de carey se desprendían manojos de seda dormida, que por unos instantes flotaban en la indecisión del aire hasta que, concientes de haber soltado amarras, se refugiaban en un círculo de sombra, como nidos de pájaros ausentes.

En el espejo fluía un llanto de sangre, pero ella ya estaba fuera del alcance de la pena, y continuaba su tarea con implacable prolijidad, como si no tuviera ojos, como si no tuviera oídos, como si nunca hubiera amado a esa cabellera druídica, hermana de las frondas, corona suya, estigma y aributo de su estirpe.

Sin piedad, sin llanto, vio caer los mechones como peces muertos flotando en la corriente.

Sin inmutarse, contempló la blancura asombrada de su cráneo desnudo.

Después llegó el momento de recoger los despojos para arrojarlos al bote de la basura.



Graciela Tomassini





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BOCA DE TIEMPO


Invocación preliminar

Viejo río, padre de los peces,
de vos vengo y hacia vos fluyo,
río yo de sombras
o de ojos abiertos…





Informe

1. Toda ciudad tiene sus áreas confusas, donde el légamo y la oquedad reemplazan al asfalto. Siempre lo supimos: así como otras ciudades se asientan sobre los proliferantes túneles de gigantescos hormigueros, Rosario está construida sobre una Boca de Tiempo. ¿Fue casualidad u obra de insanía trazar su planta sobre lugar tan poco propicio a la edificación y al ajetreo urbano? Los ciegos constructores fueron asentando sobre las barrancas del Paraná sus frágiles colmenas, sin estudios de factibilidad ni cálculos de resistencia.

Año tras año, el cemento y el portland fueron cubriendo la Boca de Tiempo, pero de vez en cuando ella sacude la máscara rígida de la civilización con un bostezo, fatal en vidas y hacienda.


2. Historia

Dicen algunos constantes vigías de la memoria (quedan pocos) que en tiempos de los chanas y los timbúes un meteoro de regulares dimensiones cayó en el área donde después se irguió un gigante reverenciado y aborrecido por igual número de fieles de una religión olvidada. La magnitud del evento celeste desvió el curso del Paraná cuyo cauce principal bordeaba la costa entrerriana, proyectándola hacia la orilla occidental. Como recuerdo del antiguo lecho, la margen izquierda se quiebra en un mosaico de islas y se pierde en una llanura acuosa donde proliferan espinos y cañas bravas.


3. Indicios

Cualquiera puede observar, mientras navega desde la isla del Espinillo hacia la costa rosarina, que la barranca está cribada de pequeñas oquedades, fácilmente confundibles con cuevas de carpinchos o caños de desagüe. Menos probable es que el casual observador advierta la inestabilidad del número y posición de estos ojos que se abren en el haz de la barranca, o se cierran como flores solares, en la penumbra malva del crepúsculo. Trasnochados astrónomos afirman que se trata de entradas a canales de conexión multiuniversal cuya apertura es impredecible, al menos en el estadio actual de sus investigaciones.


4. Otros indicios

Todo desarrollo urbano combina dos patrones de crecimiento: uno horizontal y centrífugo, otro vertical y estratificado.[1] Según el primero, nuevos barrios periféricos van surgiendo como metástasis a la vera de las rutas; por obra del segundo, los cimientos de nuevas edificaciones se asientan sobre los muros aún aprovechables de antiguas casas abandonadas, cuyas habitaciones ahora selladas por la densa cubierta de hormigón armado conservan todavía intacto su moblaje, las polvorientas cortinas, las ostentosas luminarias ahora ciegas, y hasta los retratos en sepia de rígidos moradores con ojos espantados que naufragan en la húmeda tiniebla.[2]

De vez en cuando, esforzados conservacionistas acceden a puestos de decisión en la Dirección Municipal de Arquitectura y Planeamiento Urbano y entonces la pala mecánica, con precisión de mayeuta, rescata del olvido algún frente de ladrillos rojos, algún patio de adoquines gastados donde duermen ecos de palabras y músicas olvidadas, para convertirlos en postales de atracción turística.

Muy raramente, sin embargo, surgen a la luz los estratos inferiores, hundidos en el légamo y aferrados como lapas al corazón rocoso de la corteza continental.


5. Testimonios

Un puñado de historias circula de boca a oído entre los viejos moradores del barrio de la Florida, como arenilla que el viento del este dispersa por los recreos de la costa, sobre los patios sombríos donde matean las comadres, a lo largo de la hilera de puestos donde los pescadores venden su diaria cosecha.

La desgarradora historia de Lucio Donadío, el Hijo de Nadie, único sobreviviente del naufragio de La Ogra del Río, rescatado por las Lagartijas y amamantado por ellas hasta la edad de la razón.

El extraño encuentro de Ulisa Arto con su abuelo el Inmigrante en una trattoría romana, a la que dijo haber llegado remontando una Boca de Tiempo.

El descenso a los Infiernos de Cata Basso, abducida por un Emisario que exhibía las señas particulares del cantante de rock Norberto Napolitano.

La inexplicable multiplicación de Juan Nicola, quien habiéndose perdido en el laberinto de túneles que cunde en las entrañas de la barranca, emergió simultáneamente en ocho Bocas de Tiempo: ocho Juanes un poco más flacos y pálidos que el original, todos ellos con los estómagos desgarrados por un hambre canina.

La reencarnación retrógrada de Bárbara Pafundi, atrapada durante una década en el dédalo intrarrosarino y devuelta como Petra, la mujer pantera. Sin embargo, el barrio de Pichincha ya estaba copado por las parrillas temáticas y los shopings.


6. Hipótesis

a. Hay un espejo subterráneo, al que conducen los túneles de la Boca de Tiempo. Probablemente no sólo uno, sino dos, dispuestos según el modelo del telescopio newtoniano. Las transformaciones ocurren en algún punto del trayecto de la luz de una superficie reflectiva a la otra. Problema: ¿quién instaló los espejos?

Hipótesis secundaria a’: Si se trata de espejos líquidos, [3] el lento y paciente azar, cuya mano izquierda ignora lo que la derecha de la historia borró con el codo.

Hipótesis secundaria a’’: No son líquidos, y constituyen el fragmento remanente de un vasto proyecto emprendido por los Atlantes en la etapa áurea de su civilización, según lo sugiere Athanasius Kircher en El mundo subterráneo: “Sepultado el continente en las profundidades de la fosa atlántica, hemos perdido irremisiblemente la posibilidad de comprender los fragmentos aún subsistentes de una ingeniería cuyos fundamentos y propósitos ignoramos.” (1659, II, 56: 3)

b. Hay un agujero de gusano, que comunica con Universos Paralelos, donde otras Rosarios trajinan a orillas de otros Paranáes, cada una igual a las otras, excepto por una mujer, un árbol, o el color de una esquina.


7. Contra-hipótesis.

No hay espejos, no hay agujeros de gusano, sólo las graderías del Tiempo, y sus molinos.




Graciela Tomassini



NOTAS:

[1] En el plano visible, la ciudad coloniza el aire, crece para arriba, insiste en ocultar el cielo, desalojando su perpleja fauna, los pájaros que emigran hacia regiones cada vez más enrarecidas de la altura.

[2] Los colonizadores del cielo no saben sobre qué lecho descansan sus moradas verticales, pero confían en el poder de la mirada, que juzgan prerrogativa suya. Miran y constatan, pertrechados en la altura. Dicen: “Mirá, ahí van las lanchas de los pescadores.” Dicen: “Ah, la crecida se comió la playa en la isla, el agua oculta los pilotes de las chozas.” Dicen: “Qué lindos fuegos artificiales. Si extendemos los brazos nos quemaremos. Cuánta gente se ha congregado en el parque a contemplar el cielo florecido. Cuánto refriegue de cuerpos, con este calor, parecen hormigas. No, hormigas no, que andan en fila, trabajando. Parecen más bien larvas merendando despojos.” Cómo se gozan en el mirar, los colonizadores del aire. Cómo confían en la agudeza de sus ojos.

[3] Posiblemente, filtraciones de aguas mercuriales, provenientes de la minería fluvial. Como se sabe, después de la fundación del fuerte Sancti Spiritus y antes de partir aguas arriba en pos de la ilusión de la Sierra de la Plata, Sebastián Gaboto encomendó a Gregorio Caro que dragase el lecho del Paraná en busca de oro. Éste pretendió utilizar a los carcarañáes como mano de obra esclava, pero éstos se negaron a lastimar el vientre del Padre de las Aguas. Los españoles utilizaron mercurio para la obtención del oro. Indignados por estas prácticas contaminantes, los dueños de la tierra dispusieron del fuerte de la manera que mejor les cupo.




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El Combate de San Ladillo [Episodio 2]

GUITARRA NEGRA

Mire, ando esta noche las calles repartiendo volantes. Ando las calles del centro, montado en el móvil bicíclico, con un puñado de volantes en la mochilla.

Pasa que pasa que hace apenas quince días hicimos pública la investigación sobre la batalla de San Ladillo y los ocultamientos que caen sobre su historia y ya hemos recibido amenazas que nos inducen a abandonar el asunto.

Y esto no es todo, las amenazas han mutado en hechos concretos.
Pasa que pasa que hace un par de días el flaco Luis llegó con su chillante sirena en la espalda y después del tradicional introito “Cacho Cacho estamo todo loco o pasó una hormiga” se despachó anunciando: “Loco, se afanaron la guitarra negra”.

Es así, las amenazas mutaron en hechos: Han secuestrado nuestra guitarra negra. El instrumento que canta y cuenta las historias que habitan la oscuridad de la luz.




La guitarra negra desapareció en el averno de una conocida casa de música de esta ciudad de la Rosa y el Río, cita en calle San Martín casi esquina Mendoza.

Los que atienden esta casa y en una clara paradoja con el nombre del comercio, nada tienen de “líricos”. Estos sujetos de “lírica” sospechosa, al ser descubiertos, aducen que la guitarra negra ya no obra en sus dominios y, reconociendo actos fraudulentos, se niegan a devolver el instrumento secuestrado aduciendo que lo vendieron o lo regalaron.

El estado actual del proceso indagatorio no nos permite afirmar de modo rotundo si estamos enfrentando a la Mafia de Don Carlos, conocido propietario del negocio, o si el mismo es, al igual que nosotros, víctima del accionar de otros poderes.

Por eso ando la calle esta noche repartiendo volantes que buscan la guitarra negra robada.
Oyentes de alma cyrana: rogamos vuestra colaboración. Si validamos el decir de estos sujetos; esto es, que la guitarra negra ya desapeció de la mencionada casa de música, es posible que la misma ande en manos que, incluso, desconozcan los devenires del caso.
Por eso, si algún habitante de esta aldea recibió o compró una guitarra acústica negra, marca Faim, a los “líricos” del negocio de calle San Martín al 1200, le rogamos ponerse en contacto con nosotros.

Esta guitarra negra deviene de distantes encrucijadas fabularias. Esta guitarra negra ingresó a los universos fabularios en una calle de Adrogué, allá por los ochenta, frente a la estación del ferrocarril donde Borges fraguara cuchillos y compadritos. Esta guitarra negra acudió a la cita del Flaco Spinetta cuando el Viejo Luis, abrazado al infinito, nos decía:

“La luz está muda, ahora,
cuando resuena sin estrellas.
Y el campo se vuelve un papel orgánico
para desmenuzar la pequeña historia
del miedo a lo inmenso.”

Esta guitarra negra es hija putativa de aquella otra guitarra negra de Alfredo Zitarrosa, ésa de la cual, el viejo hablador de la noche, nos diera leyenda al decir:

“Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra...

Hoy anduvo la muerte buscando entre mis libros alguna cosa... Hoy por la tarde anduvo, entre papeles, averiguando cómo he sido, cómo ha sido mi vida, cuánto tiempo perdí, cómo escribía cuando había verduleros que venían de las quintas, cuando tenía dos novias, un lindo jopo, dos pares de zapatos, cuando no había televisión, ese mundo a los pies, violento, imbécil, abrumador, esa novela canallesca escrita por un loco... Hoy anduvo la muerte entre mis libros buscando mi pasado, buscando los veranos del 40, los muchachitos bajo la manguera, las siestas clandestinas, los plátanos del barrio, asesinados, tallados en el alma... Hoy anduvo la muerte revisando mi abono del tranvía, mis amigos, sus nombres,

Cómo haré para tomarte en mis adentros, guitarra, guitarra negra...”

No sabemos si enfrentamos la mala “lírica” de vuestra casa, Don Carlos; pero sí sabemos, Don Carlos, y esto no es un “maldecir” sino un desear, que habrá un día donde usted enfrente los dislocados versos del Viejo Luis. Y escuche ahora, Don Carlos, lo que habrá de escuchar ese día:

“Sólo en la noche entornaré mis hendidos espejos.
Las clavijas deberán anunciarme las grietas,
las quebraduras.
El vacío interior.

Quizá con el tiempo
las estrofas y los versos se resequen…”

Mientras tanto nosotros, Don Carlos, seguiremos esperando el gesto de humanidad que nos regrese las cuerdas que usted se llevó.

Un saludo
Una reverencia
Me llamo Hernández, digo, Macedonio Hernández.
Y esto es un decir.


MACEDONIO HERNÁNDEZ




PUBLICACIÓN ORAL DE MACEDONIO HERNÁNDEZ







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Urbanidad

     Odio los lunes a la mañana, no entiendo cómo la gente puede tomarse tan a la ligera esto de salir temprano y partir al trabajo como si nada. A mí me molestan los lunes de frío, o mejor dicho, los lunes cortos, cuando salgo de casa todavía de noche.
     Sin embargo, me gusta observar la calle. Y lo curioso es que siempre se encuentran particularidades a la vuelta de la esquina. Lo mío, a decir verdad, no fue justo a la vuelta de la esquina sino dos o tres casas más allá de la mía: descubrí en una opaca mañana de lunes que una especie de jauría paseaba tempranera por mi cuadra. Muchos hombres y mujeres extrañas pululan muy de madrugada por las calles, para pasear a sus mascotas, eso no resulta raro. Yo mismo pasearía gustoso a la mía si alguna vez se decidiera a pedírmelo -sólo que mi Ulises es bastante independiente y felino como para tal pretensión-.
     Crucé ese día a una mujer de unos sesenta y tantos años, con un can pequeñito que para nada llamó mi atención al principio. Me pregunté luego qué tendría ese perrito, que unos ocho o nueve más estaban siguiéndolo. La ventaja de la cotidianeidad es que permite tener repetidas visiones de una misma cosa, y que si se mantiene el ojo alerta y entrenado se pueden incluso concretar grandes revelaciones.
     La suerte de los martes nunca es mucho mejor que la de los lunes. Así que recuerdo bien, que al día siguiente volví a cruzarme con la misma mujer, a quien creo, arbitrariamente, ya le había adjudicado el mote de “viejecita” –cariñosa costumbre que tengo de matizar con sobrenombres mi visión de la gente-. Me extrañó, así, que el pequeñito del lunes caminara solito, suelto, sin correas ni cadenas, a unos pasos de la mujer. Detrás venía ella, esta vez llevando a otro can, y ambos a su vez seguidos por otros nueve o diez perros, los mismos de la mañana del lunes.
     Esperé ansioso la mañana de miércoles; tenía una interesante tarea de observación para ese día. Salí de casa unos minutos antes que de costumbre con la intención de ir al encuentro (más que dejarme sorprender) de la escena esperada. La observación de lejos tiene sus ventajas: el ojo se desplaza abarcando un amplio radio, y una otrora parcializada visión se convierte en la imagen de un todo. Esa imagen más global me situó así en otra realidad, en otra dimensión. Noté que no venía caminando a lo lejos la mujer con su perrito, sino que era una mujer y una procesión de perros caminando TODOS juntos. Nadie seguía a un pequeñito o a un oloroso o a un agraciado: todos marchaban al unísono, acompañando acaso a la viejecita, o viceversa.
     La pintoresca escena de conjunto fue tornándose más extraña a medida que avanzaban en dirección a mí. Algo parecido a unas ruedas se movían en el grupo. Crucé la calle para observar desde otro ángulo -las visiones cambian con las perspectivas-; se trataba sin duda de algo con cuatro ruedas. Un cubículo o algo por el estilo. No entendí. Aceleré el paso para forzar un encuentro cara a cara con todos ellos. Uno, dos, tres, cuatro; pequeños, medianos y más grandes; marrones, blancos, negros; unos cuantos otros detrás. Entre todos ellos, las ruedas. Quedé boquiabierto. No es que me disgustara el gesto ni que lo sospechara descabellado; lo asimilé con verdadero cariño. Sorprendente para mi paladar, pero infinito también. Montado en cuatro ruedas insignificantes, y más o menos acurrucado en un cajoncito de manzana, el pequeñito del lunes paseaba su frescura. Me permití mirar con atención esta vez el interior del perro-móvil. Pobre pequeño, ¿qué había sido de él en la tarde de martes que su patita había resultado dañada? Toda la escena, toda, tenía un aire bizarro y grotesco, pero tierno y amable también. La patita rota, los ojitos del perro, el carro, la vieja, la docena de canes, y el sol despuntando al final de la calle. Los hijos canes de las viejecitas solitarias.
     Respiré hondo. No es tan malo amanecer temprano, creo. Tomé el colectivo con una sonrisa, todavía confundido por mi hallazgo de miércoles.




SILVINA VITAL




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Desde mi silla

Desde este costado las piezas parecen confusamente desiguales, en hileras elevadas y pequeñas, anteriores y posteriores. En dos filas extrañas se reparten en un campo minado de marcaciones meticulosas, bicolores y alternadas. Las más bajas y parejas asumen el frente. Las más altas y poderosas se alzan detrás; curiosa ubicación de los desprotegidos. La más elevada, espigada en cruz, es custodiada por su compañera omnipotente, y a su vez la resguardan escoltas respingados y fieles azabaches. Se aseguran luego las márgenes en la solidez de la piedra y el ingenio. Al otro lado de la brecha, misma imagen; el espejo de la mística transforma a los azabaches en albinos y al ébano en marfil. Los níveos azacanes sirven igual que sus opositores cenicientos. Uno y sólo uno dará un paso adelant, y se habrá movido ya toda la perspectiva de las cosas desde ésta, mi silla inmóvil. Y no habrá retorno. Amigos y enemigos, todos, montarán nuevas perspectivas. Se irán esfumando, lentamente, hasta quedar un solo rey de un solo reino, acaso sin escolta ni azabache, ni un solo siervo de ébano o marfil, como triste ironía del ambicioso poder.
Y mientras observo la partida, sigo lejos sentado en mi silla, sin hacer nada.







SILVINA VITAL





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Evelina Riva






|ESCRITURACIONES|DE|EVELINA|RIVA|



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Rutinas

Negarse a que el acto delicado de girar el picaporte, ese acto por el cual todo podría transformarse, se cumpla con la fría eficacia de un reflejo cotidiano. Hasta luego, querida. Que te vaya bien.

Julio Cortázar Historias de Cronopios y de Famas


     Suena el despertador, salto de la cama, me lavo los dientes y arranco el viaje. La calle atiborrada de autos, Rosario está quedando cada vez más chica. Una patente conocida, o no, a las ocho de la mañana todo es conocido y a la vez extraño. REP415, república, reptil, Revolución Empresarial contra el Proletariado. El auto de adelante acaba de clavar los frenos y yo detrás de él. Pienso en lo bien que me funcionan los reflejos, un segundo más tarde y habría chocado.
     Llego a la oficina, las mismas gentes, los mismos problemas, las mismas tareas de siempre. Las nueve horas que parecían eternas se mueren, tal como se murieron ayer, la semana pasada, el año pasado. Pienso que después de todo no es tan malo, todo sea por ganarse el mango. Y con los despidos que hay, uno debería trabajar contento, hasta dando gracias a Dios.
     Busco nuevamente el auto, siento el alivio obligado de haber terminado la jornada. Enciendo la radio, me rio con el programa que me acompaña hasta mi casa, ¡estos tipos son tan ocurrentes! Como hoy no tuve clases, y pude volver temprano, pienso en cómo aprovechar el tiempo. Tiempo, dícese del tesoro más preciado que se rige bajo la lógica de la regla de tres inversa: a mayor ocupación, menor tiempo.
     Escarbo en el freezer y encuentro algo para cocinar. Si todo sale bien hoy sorprendo a mi marido. Es que el matrimonio es como las plantas, hay que regarlo todos los días. Apago el televisor. Siempre es conveniente utilizar el momento de la cena para la charla, la comunicación es un valor agregado en la pareja. Levanto la mesa y pienso en lo afortunada que soy por haber encontrado un hombre tan compañero.
     Me dispongo a dormir, cierro los ojos, me ubico de costado, flexiono las piernas; las manos juntas, entre la mejilla y el colchón. Una presión constante sube desde el tórax hasta la garganta. Abro lentamente la boca y allí se escapa un enorme suspiro reconfortante. ¡Si Dios quiere mañana también va a salir todo bien!



EVELINA RIVA




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LAGART (HIJAS)

Sobre la negra colina se abre una piedra esmeralda. Las celdas prohibidas evocan el destino fundante y Lagar desaparece en aquel ceibo de la puñalada.

Abandonados todos. Abandonadas las tres: Ladecarasucia, Lademanoblanda, Laquepiensa.

El padre les ha encomendado que guarden los metales de viento, la voz de los grillos, el olor a estampa, a nudo embotado en los sauces que lloran las almas perdidas en la isla.
El padre las ha dejado. Toda vez que han podido amanecer.
Por eso mutilan los cultivos, anegan el único margen apropiado de sus largas colas de terciopelo.

Kalé canta

duerme con el sol de la siesta
neohelénica, vulgar y búlgara
desgreñada, solapa del estío
sucia,
cuando escapa deja la punta de su estirpe
enterrada en el ópalo que nos mira
y desaparece
complacida
a buscar su jaula
su mano
su pluma verde.

Elhin canta

llegué cuando dormías
hice un hoyo bajo tu cabeza desterrada
y te convertí en arena que pierde todo lo que apresa
que guarda todo lo que quema
que se reparte solidaria, desdentada,
piel de camalote azul que envejece una tarde.

Escondida en la piecita de atrás Mür no deja de lamerse la mano mientras canta
Se escapó el Olvidado.
Se enredó en los camalotes.
El agua es clara, verde y musgosa, pero clara
de su sangre.
Se escapó y eran dos.
El abrazo no pudo con las algas ni el pez con el eco de los besos.

Mür abandona la habitación, prepara los pinceles y las hojas, las semillas y la cáscara de todo lo que ha ido juntando con su bote por el río que se lleva lo que olvida.



María Alejandra Atadía




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ANTOLOGÍA DE LOS PUEBLOS

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LEYENDAS DEL CREPÚSCULO CUANDO CANTABA EL RÍO


IMAGENES: ARCHIVO LA BIBLIOTECA FABULARIA


Ciudad de la Rosa y del Río,
en la zona próxima al Club de Pescadores,
viernes 15 de enero de 2010.

Observamos un área especialmente protegida para la producción literaria y el diálogo con las especies que frecuentan el lugar: gaviotas que duermen en el muelle abandonado, golondrinas que hacen siempre más que un verano, gusanos trepadores que sostienen la Muralla, anguilas que se hamacan en los sauces, pirapitáes iluminados que comparten el lugar de los bípedos melancólicos que eligen una mesa de piedra, el aire seco del estío, para escribir las historias que el Río aún puede cantar.

Cronicones fabularios



ÍNDICE Y PULGAR

CAMINO DEL COLIBRÍ

CAMINO DEL JAGUAR

CAMINO DE LA SOMBRA

CAMINO DE LA ESTRELLA

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El Combate de San Ladillo [Episodio uno]


OCULTOS, OCULTISMOS, OCULTADORES.


Composición de Lugar: El móvil bicíclico, aún sin luces reglamentarias, nos ha traído hasta los arrabales de la Ciudad de La Rosa y el Río. Estamos en Ovidio Lagos al fondo, junto al puente que salta sobre las oscuras aguas del Arroyo Saladillo. Hay un par de carros cirujas, hay algunos perros que duermen soledades, hay tres compañeros de oficios que guían mis pasos por estas sombras.


Para el que quiera oír, vamos a hablar de luchas y de batallas. Hay, en los historiales de esta aldea de rosarios quiméricos, dos combates fundacionales. Uno de ellos conserva su sitial en los cánones de la memoria colectiva; mas el otro está oculto en la garganta del olvido. El que se recuerda es un combate en nombre del padre, en nombre de “la” patria y pertenece a las luchas que se dan por el poder. El otro, oculto a los dones del recuerdo, fue un combate en nombre de la madre, en nombre de la Matria y es, por tal condición femenina, una lucha por el amor.


Estamos hablando de luchas y de batallas que ocurrieron en los arrabales de esta ciudad. Y claro está, la batalla que registra la historia oficial se libró en el norte y es conocida como el Combate de San Lorenzo. La batalla que permanece oculta tras un sinnúmero de falacias de lenguajes y de símbolos, aconteció en este sitio y los pocos que aún conservan saber sobre ella la llaman el Combate de San Ladillo.


En este lugar, en los fondos de Ovidio Lagos y el arroyo, ocurrió hace ya tiempo una guerra por el amor, y es misión de este cronista indagar sobre las causas y razones de tanto ocultamiento. Busquen entonces un sillón cómodo y anóchense en él. Busquen también un cuaderno de notas donde escriturar los datos y las preguntas que surgirán en nuestro devenir por los senderos de la sombra y de la luz.


A tender entonces. Porque el que no tiende, no entiende. Existen interminables documentos que refieren a San Lorenzo, pero intenten ustedes conseguir información sobre San Ladillo y hallarán sólo los abismos del vacío. ¿Qué razones gobiernan esta omisión? ¿Quiénes además, en un momento de la historia, dieron forma a la máscara siniestra que transformó a San Ladillo en “Saladillo”? Conocemos las razones y llegaremos a enunciarlas. Pero en este punto del relato sólo consignemos una: El buenazo de San Ladillo, en medio de aquel combate por el amor, se negó a cumplir los mandatos de Dios.


Porque en este lugar, en este campo de batalla de Ovidio Lagos y el arroyo, Dios y el Diablo se disputaron el amor de una mujer. Y esto es lo que ocultan tantos ocultadores. Porque en verdad os digo que sobre esta tierra del arrabal urbano, Dios y el Diablo lanzaron a sus ejércitos de ángeles para conquistar el amor de una mujer. Y así fue. Así.


Bien, hemos presentado a los generales y a su objetivo de guerra. También sabemos que San Ladillo fue un ángel de Dios que desertó de sus filas. Y es momento de nombrar a la mujer por la que pelearon Dios y el Diablo en este páramo. El nombre de la mujer, según consta en ciertas páginas del libro, no es otro que el de Ana Clara Luz.


Pero aconteció que Ana Clara Luz, la mujer que llevó a Dios y al Diablo a una guerra por amor, no correspondió a semejantes contendientes. Su corazón humano, su alma y su aliento, ya tenían destino. Es que Ana Clara Luz estaba enamorada de un pescador de nombre Fernando Borrás.


Y este es el cuento que vamos a contar. Esta será la historia del Fernando Borrás, al que llamaban “El Fer” y de Ana Clara Luz, conocida por todos sus vecinos como “La Luz”. Esta es la memoria que comenzamos a extirpar de las fauces del olvido, la semblanza de “La Luz” y del “Fer”. Leyenda de amor en los arrabales de una ciudad.


Esta es, al fin, la historia de “Luz y Fer”; una historia que fue llevada por poderosos ocultistas a hacia perversos sentidos demoníacos. Y digo que el poder de aquellos ocultistas fue tan grande que aún gobiernan nuestra conciencia pues incluso hoy, si quiero hablar de “Luz y Fer”, ustedes no verán en las paredes de su pensamiento ni a la mujer ni al hombre sino a otra cosa, más ligada a los imperios del infierno y el pecado que a los dominios del amor y del espíritu.


Pero ya no hay tiempo para esta noche. Entonces yo regresaré a los cuentos alguna próxima vez. Eso sí, siempre y cuando “Dios lo quiera”.


Un saludo
Una reverencia
Me llamo Hernández, digo, Macedonio Hernández.
Y esto es un decir.



MACEDONIO HERNÁNDEZ





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Data Fabularia:

Redacción: María Alejandra Atadía
Edición: El Elegante Oblongo

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